Con un regocijo que hacía palidecer la muerte
A la memoria de mi hermano Wilfredo…
Sal. 133-1: ¡Vean que bueno y agradable es
que los hermanos vivan unidos!
Cuando en aquel día inevitable
las campanas de San Francisco
echaron al aire su metálica voz de bronce
invitando a misa de cuerpo presente,
era de tarde.
¡Y esa tarde fue tuya, Wilfredo!
En esa tarde lánguida y aterciopelada
mientras dormías soñándonos en el azul del cielo
algo resplandece en tu rostro
y trasciende la serenidad de tu reposo
algo asciende y nos cubre
atraviesa lo ceremonial y nos estremece.
Esa tarde del último día de Octubre
¡Todos te pertenecimos!
Porque todos estábamos contigo
los pensamientos giraban a tu alrededor
y unidos dentro de ese inmenso círculo,
(como tú querías vernos)
nos confortábamos unos a otros.
Cuando el sonido del tañer
se fue quedando atrás
haciéndose más y más sordo
y el rumor de la marcha iba extinguiéndose
al irnos quedando envueltos en los recuerdos
de horas y épocas, como si las viviéramos de nuevo
y un rictus triste, o alegre
se posaba alternativamente en nuestras faces.
¡Sabíamos que la enlutada muerte palidecía!
Que a pesar del silencio
que con tanto celo guardaste
caminabas junto a cada quién
esparciendo generosamente la dulzura de tu paz
con el contento imperturbable
de la misión cumplida, de la simple alegría
de juntar la carne dividida
haciéndonos compartir la misma oración
… hágase Señor tu voluntad …
Esa tarde
con tu sonrisa vigilante
proyectando tu formidable linaje,
apocando la muerte, renaciste de entre los álamos.
Así te recordaremos, amigo, hermano,
así nos iremos alejando de la iniquidad del mundo.
Tú vigilarás nuestro dolor íntimo
que nunca verá nadie
sólo tú, en tu glorioso tránsito a la luz
al diáfano amanecer
libre ya de la lastrera carne que abandonaste.
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